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miércoles, 7 de octubre de 2026

CD-ROM


 


Del CD-ROM al DVD y luego al Blu-ray

Una revolución en los discos y en mi hogar

Si hay algo que caracteriza la historia de la informática que me tocó vivir es la extraordinaria rapidez con la que fueron apareciendo nuevas tecnologías. Lo que un día parecía moderno y casi futurista, pocos años después podía convertirse en un objeto anticuado. En mi propia casa fui testigo de buena parte de esa evolución, y los CD-ROM, los DVD-ROM que ocuparon durante años un lugar importante en nuestra vida familiar.

El nacimiento del CD-ROM

El origen del CD-ROM está relacionado con una tecnología que inicialmente no nació para la informática, sino para la música. El disco compacto, o CD, fue desarrollado durante los años setenta y llegó al mercado comercial a comienzos de los años ochenta como soporte para la música digital. Su éxito fue enorme y terminó desplazando progresivamente a los discos de vinilo y, posteriormente, a las cintas de casete en muchos hogares.

Pero aquel disco tenía una característica que iba mucho más allá de la música: podía almacenar una cantidad considerable de información digital.

A partir de ahí surgió el CD-ROM (Compact Disc Read-Only Memory), destinado específicamente al almacenamiento de datos informáticos. A mediados de los años ochenta comenzó su comercialización y, poco a poco, fue introduciéndose en el mundo de los ordenadores. Un solo CD-ROM podía contener una cantidad de información equivalente a cientos de disquetes.

Y eso cambió muchas cosas.

Los programas informáticos comenzaron a distribuirse en CD-ROM. También aparecieron grandes colecciones de fotografías, diccionarios, atlas, juegos educativos, enciclopedias y otras obras multimedia. El ordenador dejó de ser solamente una máquina para escribir documentos, hacer cálculos o ejecutar programas y empezó a convertirse en una auténtica plataforma multimedia.

Durante años habíamos utilizado los conocidos disquetes de 3,5 pulgadas, cuya capacidad habitual era de apenas 1,44 MB. Para instalar determinados programas había que introducir varios disquetes sucesivamente, uno detrás de otro.

Recuerdo que aquella transformación coincidió con una época en la que los ordenadores comenzaban a ocupar un lugar cada vez más importante en los hogares. Y en mi casa la informática adquirió un significado especial porque fueron mis hijos quienes vivieron con mayor intensidad aquella nueva etapa.

Encarta: cuando el conocimiento llegó al ordenador

Entre mis recuerdos de aquellos años hay uno que ocupa un lugar especial: la llegada de Encarta a nuestra casa, publicada por Microsoft, fue uno de los productos que mejor representaron aquella nueva época. Para quienes estábamos acostumbrados a las grandes enciclopedias impresas, tener una enciclopedia completa en uno o varios CD-ROM resultaba extraordinario.

Encarta incorporaba elementos multimedia: imágenes, mapas, gráficos, sonidos, vídeos y enlaces entre diferentes contenidos. La consulta dejaba de ser una simple búsqueda alfabética y se convertía en una experiencia interactiva.

Recuerdo especialmente la satisfacción que me produjo comprarla y llevarla a casa. Mis hijos se encargaron inmediatamente de instalarla en el ordenador. Aquella escena, aparentemente sencilla, representa para mí uno de esos pequeños momentos que adquieren importancia cuando se recuerdan muchos años después.

Los veía desenvolverse con naturalidad delante del ordenador, instalando el programa y explorando sus posibilidades. Para ellos era algo nuevo, pero también era el comienzo de una relación cada vez más estrecha con la informática.

Para mí, como padre, aquello tenía además otro significado: estaba viendo cómo una nueva generación se acercaba al conocimiento utilizando una herramienta que hasta hacía poco tiempo parecía reservada a especialistas.

El ordenador de 1999 y el Pentium III

Pero la llegada de aquellos nuevos programas también tenía sus consecuencias prácticas. Los ordenadores de aquella época tenían unas capacidades que hoy nos parecerían extremadamente limitadas. Los programas cada vez eran más completos y exigentes y necesitaban más memoria y mayor capacidad de almacenamiento.

La llegada de Encarta y de otros programas hizo que nuestro ordenador se quedara pequeño para las nuevas necesidades. Por eso, en 1999, tuve que tomar una decisión que en aquellos momentos suponía un desembolso importante: comprar un ordenador nuevo.

El nuevo equipo incorporaba un procesador Intel Pentium III, uno de los procesadores más representativos de aquella generación. Para nosotros significaba disponer de una máquina mucho más moderna y capaz de afrontar las nuevas exigencias de la informática doméstica.

Aquella compra es uno de esos recuerdos tecnológicos que permanecen en la memoria porque no se trataba simplemente de adquirir un aparato. Era, en cierta manera, dar un paso hacia el futuro.

De los CD-ROM a los DVD-ROM

Mientras nosotros nos acostumbrábamos al CD-ROM, la tecnología ya estaba preparando el siguiente salto. En la década de los noventa comenzó a desarrollarse y popularizarse el DVD (Digital Versatile Disc). Su apariencia era prácticamente idéntica a la de un CD, pero su capacidad era muy superior. Un DVD de una sola capa podía almacenar alrededor de 4,7 GB, es decir, varias veces más información que un CD-ROM. Esa mayor capacidad abrió nuevas posibilidades, especialmente para el almacenamiento y la distribución de películas. En el ámbito informático tuvo importancia. Los programas eran cada vez más grandes y complejos y podían distribuirse en DVD en lugar de utilizar varios CD-ROM.

Mis hijos y sus propios ordenadores

Durante esos años también se produjo en mi familia otro cambio importante. Mis hijos fueron creciendo y su relación con la informática se hizo cada vez más intensa. Llegó un momento en que cada uno de ellos tuvo su propio ordenador. Aquello resolvió, además, un problema que hasta entonces había sido bastante habitual en nuestra casa: tener que compartir un único equipo.

Ya no tenían que esperar su turno para utilizarlo ni tenían que instalar sus programas en el mismo ordenador. Cada uno podía disponer de su propio espacio, guardar sus archivos y utilizar el ordenador de acuerdo con sus intereses. Y, desde mi punto de vista, aquello tuvo una ventaja adicional: dejé de sufrir los problemas de saturación de memoria que se habían producido anteriormente..

Una sucesión vertiginosa

Cuando miro retrospectivamente aquella época, me llama especialmente la atención la velocidad de la transformación.

Primero estaban los disquetes.

Después llegó el CD-ROM.

Luego apareció el DVD.

Y finalmente el Blu-ray.

Cada uno de estos soportes parecía destinado a permanecer durante muchos años, pero la tecnología avanzaba con tal rapidez que pronto aparecía otro medio capaz de almacenar más información y ofrecer mejores prestaciones.

Y, sin embargo, ninguno de ellos terminó siendo definitivo.

Mientras los discos ópticos evolucionaban, también lo hacía Internet. Las conexiones eran cada vez más rápidas y la información comenzó a circular por la red en lugar de tener que almacenarse necesariamente en un soporte físico. Poco a poco empezamos a descargar programas, música, fotografías y películas. Después llegaron las memorias USB, los discos duros externos y, finalmente, el almacenamiento en la “nube”.

La historia de la informática no está hecha solamente de procesadores, memorias, discos y velocidades de conexión. Está hecha también de las personas que utilizaron esas tecnologías y de los recuerdos que dejaron en sus vidas. Quizá esa sea la mejor manera de entender la evolución tecnológica que me tocó vivir: no como una sucesión de máquinas y soportes, sino como una sucesión de momentos de nuestra propia vida.

Los CD-ROM, los DVD y los Blu-ray ya forman parte de la historia de la informática. Pero para mí forman también parte de la historia de mi familia y, por tanto, de mis propias “Memorias de un internauta”