Las empresas punto com
A finales de los años noventa, el crecimiento explosivo de Internet hizo nacer una auténtica fiebre empresarial. Cientos de compañías, conocidas como «empresas punto com» por el sufijo de sus direcciones web, prometían revolucionar el comercio, la comunicación y el acceso a la información. Los inversores, deslumbrados por el potencial de la Red, pagaban por ellas cifras desorbitadas aunque muchas no hubieran obtenido jamás un beneficio.
Aquella euforia provocó una burbuja bursátil que alcanzó su máximo en marzo de 2000. A partir de entonces las cotizaciones se desplomaron, y muchas empresas quebraron o fueron absorbidas. Solo unas pocas, como Amazon, eBay o Google, lograron sobrevivir y convertirse en gigantes. Su secreto fue disponer de modelos de negocio sólidos y no depender únicamente de las expectativas.
El caso de Terra
Terra Networks fue la gran apuesta española de aquella época. Creada en 1999 por Telefónica como su portal de Internet, salió a bolsa ese mismo año y despertó un enorme entusiasmo entre pequeños y grandes inversores. En 2000 adquirió el portal estadounidense Lycos, y de ahí nació Terra Lycos. Sin embargo, tras el pinchazo de la burbuja, su cotización se hundió y la compra de Lycos resultó un lastre. En 2003 Telefónica la reabsorbió, con lo que dejó de existir como compañía independiente, y muchos pequeños accionistas perdieron buena parte de lo invertido.
Mi recuerdo personal
Yo mismo estuve a punto de invertir en Terra. La directora de la sucursal bancaria donde tenía mis cuentas me llamó un día a su despacho y me aconsejó comprar acciones de la compañía. Yo no tenía muchos ahorros, pero me explicó que el banco podía concederme un préstamo personal y que, dada la trayectoria alcista de la cotización, podría obtener buenas ganancias.
Al llegar a casa se lo conté a mi esposa, que me aconsejó con buen criterio que no aceptara. Le hice caso. Pocos meses después, las acciones de Terra se hundieron.
Aquella experiencia me dejó una enseñanza que sigue vigente: ninguna tecnología, por prometedora que parezca, justifica invertir sin conocer el negocio que hay detrás, y mucho menos endeudándose para ello. Aquel día, el sentido común de mi esposa valió más que todos los análisis del banco.
