Mi encuentro con los ordenadores Intel Pentium
Entre los recuerdos relacionados con la informática que han quedado especialmente grabados en mi memoria ocupa un lugar destacado la adquisición, hacia el año 1999, de un nuevo ordenador personal equipado con un microprocesador Intel Pentium III. Para mí supuso un paso importante en mi relación con la tecnología, pero, sobre todo, fue motivo de una enorme alegría para mis hijos, que percibieron inmediatamente las posibilidades que ofrecía aquel nuevo equipo frente al ordenador que teníamos hasta entonces.
Para comprender mejor lo que significó aquella compra, merece la pena recordar brevemente cómo había llegado Intel hasta convertirse en uno de los grandes protagonistas de la revolución informática.
Intel fue fundada en 1968 en California por Robert Noyce y Gordon Moore, dos destacados ingenieros que habían participado en el desarrollo de los circuitos integrados. En sus primeros años, la empresa se dedicó fundamentalmente a la fabricación de memorias de semiconductores. Sin embargo, a comienzos de la década de 1970 se produjo un acontecimiento decisivo: Intel desarrolló el microprocesador, un pequeño circuito integrado capaz de reunir en un único chip las funciones fundamentales de una unidad central de procesamiento.
El Intel 4004, presentado en 1971, es considerado el primer microprocesador comercial de propósito general. A partir de aquel momento comenzó una evolución tecnológica que transformaría por completo la informática. Los sucesivos procesadores de Intel fueron aumentando su capacidad de cálculo y, al mismo tiempo, haciendo posible que los ordenadores fueran cada vez más pequeños, rápidos, accesibles y asequibles.
En la década de 1980, los procesadores de la familia x86 se convirtieron en una pieza fundamental de los ordenadores personales compatibles con IBM. Posteriormente llegaron los 386 y 486, que fueron ampliando considerablemente las prestaciones de los PC. Pero fue con la aparición de los procesadores Pentium, en 1993, cuando Intel inició una nueva etapa de su historia comercial y tecnológica.
El nombre Pentium sustituyó a la denominación numérica que Intel había utilizado anteriormente y se convirtió en una de las marcas más reconocibles del mundo de la informática. Durante la segunda mitad de los años noventa aparecieron distintas generaciones de Pentium, cada una con mayores velocidades de funcionamiento y nuevas capacidades. Cuando llegamos al año 2000, disponer de un ordenador equipado con un Pentium significaba contar con una máquina considerablemente más potente que los primeros PC que habíamos conocido años atrás.
Fue precisamente en aquel contexto cuando decidí adquirir mi nuevo ordenador.
Recuerdo especialmente la expectación que produjo en casa. El ordenador anterior había cumplido su función y me había permitido familiarizarme con un mundo que avanzaba a una velocidad extraordinaria, pero el nuevo PC representaba un salto importante. El procesador Pentium ofrecía una capacidad de cálculo muy superior, y el conjunto del equipo permitía realizar tareas que unos años antes parecían reservadas a máquinas mucho más sofisticadas.
Además de la mayor velocidad del procesador, aquellos ordenadores incorporaban otras mejoras que resultaban muy llamativas para un usuario doméstico. La memoria RAM era considerablemente mayor que la de los equipos de generaciones anteriores, los discos duros habían aumentado de capacidad y las tarjetas gráficas y de sonido permitían disfrutar de aplicaciones multimedia, fotografías, música y, cada vez más, vídeo. También comenzaba a ser habitual la presencia de unidades de CD-ROM y, posteriormente, de grabadoras de CD, que ofrecían nuevas posibilidades para almacenar y compartir información.
Pero probablemente el cambio que más contribuyó a modificar nuestra relación con el ordenador fue Internet.
Por aquellos años, Internet estaba dejando de ser una herramienta conocida principalmente en ámbitos universitarios, científicos o profesionales para convertirse progresivamente en un servicio al alcance de las familias. La posibilidad de conectarse desde casa con personas, instituciones y recursos situados en cualquier parte del mundo abría unas perspectivas completamente nuevas. El ordenador dejaba de ser simplemente una máquina para escribir documentos, realizar cálculos o utilizar determinados programas: comenzaba a convertirse en una puerta de acceso a un espacio de información y comunicación prácticamente ilimitado.
Visto desde la perspectiva actual, muchas de aquellas prestaciones pueden parecer modestas. Las velocidades de conexión eran muy reducidas comparadas con las actuales, las páginas web eran mucho más sencillas y los servicios disponibles estaban todavía en sus primeras etapas. Sin embargo, para quienes vivimos aquella transformación desde dentro, la experiencia tenía algo de extraordinario.
En mi caso, aquel ordenador con procesador Intel Pentium representa mucho más que la compra de un aparato tecnológico. Forma parte de una etapa de mi vida en la que la informática comenzó a adquirir una presencia cada vez mayor en nuestro entorno familiar. Para mis hijos significó disponer de una herramienta mucho más potente para aprender, jugar, descubrir programas y acercarse a Internet. Para mí supuso continuar avanzando en un proceso de aprendizaje que, con el paso de los años, terminaría convirtiéndose en una parte importante de mi trayectoria personal.
Quizá eso sea lo más interesante de estos recuerdos: comprobar cómo aquellos primeros pasos, que entonces parecían simplemente pequeños avances tecnológicos, formaban parte de una transformación mucho más profunda que acabaría cambiando nuestra manera de trabajar, comunicarnos, aprender y relacionarnos con el mundo.
