Los cibercafé: ventanas a la red en tiempos sin smartphones
En la primera década del siglo XXI aparecieron en las ciudades españolas los cibercafé, locales donde, por una tarifa módica, cualquiera podía sentarse ante un ordenador conectado a Internet. Los frecuentaban estudiantes, jóvenes aficionados a los videojuegos, inmigrantes que hablaban con sus familias lejanas y viajeros que, como yo, necesitaban conectarse lejos de casa.
Yo los visitaba solo de manera ocasional, cuando viajaba por distintas regiones de España. Entraba para consultar mi correo electrónico y para leer algunos medios digitales, que entonces empezaban a editarse y que anunciaban lo que sería después el periodismo en línea. Todavía no existían los teléfonos inteligentes ni la conectividad de datos móviles, así que quien estaba de viaje y quería informarse dependía de un local como aquel.
Una tarde en San Sebastián (27 de febrero de 2006)
Recuerdo con especial nitidez una de esas visitas. Pasaba un día muy agradable en San Sebastián con mi esposa cuando, a media tarde, vimos en la fachada de un edificio una pintada recién hecha: «PSOE ASESINO». Comprendí enseguida que algo grave había ocurrido.
Busqué un cibercafé y encontré uno en una calle céntrica. Tenía unas diez pantallas y lo atendía un inmigrante asiático. Pagué una cantidad muy pequeña por el rato de conexión. Abrí la edición digital de los periódicos vascos y allí me enteré de lo ocurrido: un preso de ETA, Igor Angulo Iturrate, de 32 años, había aparecido muerto en su celda de la cárcel de Cuenca. La investigación oficial concluyó que se trató de un suicidio, pero en el entorno de la izquierda abertzale se acusó de inmediato al Gobierno, y de ahí la pintada que habíamos visto unas horas antes.
El final de una época
La vida de los cibercafé fue efímera. Apenas una década después de su aparición, la popularización de los teléfonos inteligentes y de la conexión de datos móviles les quitó la razón de ser: ya no hacía falta entrar en un local, pagar por un rato de conexión y sentarse ante una pantalla ajena para consultar el correo o leer la prensa. Bastaba sacar el móvil del bolsillo. La noticia que yo supe aquella tarde de 2006 en un cibercafé de San Sebastián, después de ver una pintada en la calle, me habría llegado hoy en cuestión de segundos, sin moverme del sitio. Aquellos locales, tan frecuentados durante unos años, fueron un puente entre dos épocas y desaparecieron casi sin que nos diéramos cuenta.

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