El arte de comunicar
Publicado originalmente en el blog Utopía siglo XXI (2006). Revisado y ampliado para estas memorias.
Cuando escribí este texto, en 2006, los blogs eran todavía una novedad. Internet acababa de darnos algo que nunca habíamos tenido: la posibilidad de que cualquier persona, sin ser periodista ni escritor, pudiera dirigirse a un público de cualquier lugar del mundo. Yo estaba descubriendo esa libertad con entusiasmo, y fue entonces cuando, leyendo unas reflexiones de Margie Igoa, directora de la revista Psychologies, aprendí una palabra que no había utilizado nunca y que ha acompañado mi manera de entender la vida desde entonces: empatía. He guardado este artículo con cariño precisamente por eso. Lo recupero ahora, revisado, porque creo que su mensaje es hoy más necesario que entonces.
Un puente entre las personas
Con la aparición de Internet, y después de los blogs, muchos nos hemos convertido en comunicadores sin haberlo planeado. Pero comunicar bien es un arte que se aprende, y no siempre se nos ha enseñado a hacerlo.
La psicóloga Margie Igoa señalaba que la mayor dificultad viene de nuestra formación. En los colegios, en los institutos e incluso en la universidad se prima el conocimiento técnico y académico, pero apenas se cultivan las habilidades que facilitan la comunicación y la relación entre seres humanos, a pesar de que buena parte de nuestra vida se desarrolla a través de ellas. Saber tender un puente entre una persona y sus semejantes abre el camino hacia la realización personal.
Los vicios que nos separan
A esa carencia de formación se suman los malos hábitos que casi todos arrastramos: los desencuentros, las conversaciones que se quedan a medias, los temas incómodos que nunca se afrontan, las personas que hablan más de lo que escuchan, o quienes no saben administrar los noes, ni darlos ni recibirlos.
Y a ellos se añaden las dificultades propias de nuestro tiempo. Alegamos falta de tiempo para comunicarnos. Tendemos a atrincherarnos en nuestras posiciones de partida, ya sean costumbres, ideas o principios morales, religiosos o políticos. Sentimos miedo e inseguridad ante un mundo que cambia con rapidez y que, en lugar de acercarnos, a menudo nos repliega y nos aísla.
La curiosidad y la empatía
El experto en comunicación Kevin Hogan sostiene que el buen comunicador es una persona que cultiva la curiosidad y se interesa por lo que los demás piensan y sienten, incluso cuando no existe afinidad con ellos. Eso es, precisamente, lo que llamamos empatía: la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de comprender su manera de ver el mundo y de reconocer sus emociones, sin que ello suponga renunciar a las nuestras ni compartir necesariamente sus opiniones.
La empatía es una de las claves de la conexión humana. Nos permite acercarnos, y por fin entendernos a pesar de las diferencias. También nos enseña lo que ninguna técnica puede enseñar del todo: cuándo hay que hablar y cuándo escuchar, qué conviene decir y qué es mejor callar, y cuál es el verdadero valor de un gesto, una mirada, un silencio o una palabra.
La empatía en las relaciones humanas
Con los años he comprobado que la empatía no es un adorno de la buena educación, sino el fundamento de toda relación sana. En la familia, es lo que permite que padres e hijos, o abuelos y nietos, se entiendan a pesar de pertenecer a mundos distintos. En la amistad, es lo que convierte la compañía en confianza. En la convivencia ciudadana, es lo que hace posible discrepar sin romper, y en el debate político, algo que echamos de menos con frecuencia.
Empatizar no es dar la razón. Es escuchar con la intención de comprender y no solo de responder. Quien escucha de verdad desactiva muchos conflictos antes de que nazcan, porque la persona que se siente comprendida baja la guardia y se abre al diálogo.
La empatía en la era digital
Internet nos ha dado una capacidad de comunicación extraordinaria, pero también nos ha traído riesgos que en 2006 apenas se intuían. La pantalla elimina la mirada, el tono de voz, el gesto y el silencio, justo los elementos que Kevin Hogan consideraba tan valiosos. Escribimos deprisa, leemos deprisa y respondemos con la certeza de que la otra persona no está delante. Así se multiplican los malentendidos, los insultos y las polémicas estériles, y las redes sociales a veces dan más voz a quienes gritan que a quienes escuchan.
Por eso creo que la empatía es hoy la mayor habilidad del buen internauta. Antes de responder, conviene recordar que detrás de cada mensaje hay una persona con su historia, sus miedos y sus razones. Un foro, un blog o una red social valen tanto como la calidad humana de quienes participan en ellos.
Una lección que permanece
Han pasado muchos años desde que descubrí aquella palabra. He conocido las listas de correo, los foros, los cibercafés, los blogs y las redes sociales, y en todos ellos he visto lo mismo: la tecnología cambia, pero el arte de comunicar sigue dependiendo de algo muy antiguo, la voluntad de entender al otro. Si Internet ha de ser de verdad un puente entre las personas, la empatía será el material con el que se construya.

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